domingo, 31 de julio de 2011

Destructor de Imperios

Hace un par de noches soñé que caprichosamente destruía imperios.

Me recreaba en arrasar monumentos piramidales, altas torres que apuntaban al Sol.

Me parecía irrisoria la facilidad con que la arenisca se desprendía, la futilidad de los esfuerzos de futuros hombres de ciencia que intentarían reconstruir la historia de esos hombres. Aun así intuía que esos sabios lo conseguirían, que ni siquiera yo podía eliminar todos los vestigios.

Recuerdo que era un pequeño imperio cruel. Quise abrir agujeros en el techo de la caverna en que moraban y así lo hice. Temían la luz del día. Me ensañaba con ese suelo que perforaba a riesgo de hundirme con la tierra que caía.

Pero incluso yo sentía que mi poder menguaba, que había algo más fuerte que yo, que no tenía suficientes facultades para abandonarme a mi impulso destructor.

Hay un tiempo que atenaza al propio tiempo.

Ese es el consuelo del hombre, de ese imperio mínimo que es cada persona.

Horizonte

Ayer por la tarde, cuando el crepúsculo huía hacia el anochecer, miraba hacia el horizonte apoyado en la baranda del balcón. A pesar de todos mis intentos de fijar las luces del ocaso a los tejados de la ciudad y el campanario de la iglesia, la noche caía. Sólo sobrevivía el reflejo en lo más alto de la Torre de un sol ya invisible. Otro día más.

Otro día más. Un día menos para el que espera algo. Otro día más en nuestras vidas. Momentos en los que la habitación que tienes a tus espaldas te parece vacía, demasiado vacía para el tiempo que llevas viviendo. Son recuerdos quizá de mudanzas pretéritas, de nuevas casas, de referencias perdidas. Otro día más. Otro día más en nuestras vidas. Momentos en los que el día que dejas atrás, aunque no haya sido un día de rosas y fuegos artificiales, ha sido un buen día, un día normal o lo que es lo mismo, un día especial. Otro día de lucha, de sonrisas apoyándose unas a otras, de una conversación telefónica con un amigo. Las pequeñas ramas entrelazadas que componen la vida. Héroes cotidianos.

Mientras miraba hacia el horizonte, a las últimas luces que acariciaban los lejanos campos (ahora sí, adios al día), con una cerveza en la mano acercándose peligrosamente al límite de lo templado, tras algo de trabajo físico, me asaltó una risa súbita, inesperada, y un pensamiento:

Independientemente de donde te encuentres, aunque no lo veas, hay un océano bajo cada horizonte.

jueves, 28 de julio de 2011

Familia

Pienso, a veces, si no será uno más de los errores del mundo moderno el vivir en nuestras familias aisladas. Padre, madre, hijos, y basta ya. En los casos en que no queda otro remedio, la familia que mantiene en casa a uno de los ascendientes, incapaz de valerse por sí mismo; caso que la mayoría de las familias ve como una condenación.

Sin embargo, cuánto necesitamos a la familia. Qué bien nos hace su apoyo. Qué gran error, quizá, haber desterrado esa forma de vida de nuestra sociedad neo-occidental. Muchas veces pienso en la caverna, en el clan nómada de hace centenares de miles de años. En aquellos días la familia era lo que los historiadores han llamado "la familia en sentido amplio". Convivían padres, madres, tíos y tías, la descendencia de cada uno, gran parte de los asecendientes. Era un grupo organizado en mayor o menor medida, con sus luchas de poder, sus rencillas internas, sus alegrías compartidas y sus momentos de arrimar el hombro ante la desgracia, la plaga incomprensible, fantasma que diezma al clan, ante la ferocidad roja del depredador, el ataque del clan enemigo. Algo que nos resulta conocido, familiar, incluso en esta época de extirpación de las emociones.

En general, puede inferirse que se protegían entre sí. Creo que en esa época, si no antes, nació el cariño entre miembros de la familia.

Hay mucho de ello heredado en nuestros genes, ya desde la etapa de simio. Lo evoco en las fiestas familiares de la infancia, cuando apenas gateando contemplabas la conversación de los adultos y sentías sin entenderlo que todo iba bien, que eras uno de ellos, que eras querido. Lo sigo viendo en las nuevas fiestas familiares en las que yo, inadvertidamente, soy quizá uno de esos pilares, uno de esos protectores o elementos fijos que agrada que estén ahí, aunque probablemente nunca nos demos cuénta de esos sentimientos. Somos los que permitimos caer a los nuevos niños en un ensueño tranquilo, los que les hacemos tejer historias (porque sólo el que se siente protegido o totalmente desamparado puede soñar verdaderamente).

Familia en sentido extenso. Familia en sentido amplio.
Lecturas de Tácito, Germania, y de algunos otros cuyos nombres no recuerdo. Familia en la que incluyo, honor del que como yo puede decir que los tiene, a los hermanos de sangre.

miércoles, 13 de julio de 2011

Nube, viento, sol.



Hoy.

He visto moverse las ramas de los árboles, súbitamente.
Una violenta ráfaga.
Al fondo, luz menos intensa de lo que esperaba.
Violenta ráfaga que saca del sueño.

Nube, viento, sol.

Sol sostenido como un velo volando al viento, un instante antes de hundirse.
Se hundirá.

Una tarde de primavera de hace tantos años,
o una tarde de septiembre tardío,
no estoy seguro.
Quizá no pueda volver a estar seguro de ello jamás.

Un edificio en ruinas.
La piedra es más gris bajo esta sombra.
Recuerdos, refugios que siguen perviviendo.
Permanece el refugio. Permanecerá.

Una inesperada batalla de nubes.
Una tormenta y una memoria de otro continente.
Al fondo, un muro de polvo en majestuosa evolución.
En el horizonte borroso, ciudades como espejismos.

Me sentía tan vivo. Me sentía tan muerto.
Era tan ligera mi alma
que podía nadar fácilmente sostenida por las gotas de lluvia.

Todos nuestros sistemas son espejismos
que el hombre ha cultivado afanosamente durante milenios.
Piedras, jirones de niebla,
agua, lluvia, arena que se deshace.

Instantes, amor, duda,
Añoranza, preguntas, risa.
Descubrimiento, maravilla día a día.
He ahí la roca firme,
el río que empuja nuestras almas,
el calor de tu aliento y tu voz presente,
He ahí lo único que importa.
He ahí lo único que perdura.

martes, 21 de junio de 2011

Surtur


Un pensamiento errático.

Nieves evaporándose en niebla.
Victoria de las deidades de tierra y fuego.

Llama de fuego en la noche
el alma del hombre verdadero
extraviado
hablando lenguas
bajo una lluvia de neón
te he visto
y he pensado:
un hombre, no un engranaje,
puede que un truhán, no un engranaje.

Final de mayo,
el recuerdo de infiernos diluidos
la prsión térmica del deber en los huesos
en nuestros sesos se dibuja un árbol de lava
anticipación de un camino polvoriento;
el triunfo de los gigantes de fuego.
El quejido de la madera resquebrajada
la piedra recalentada
trabajamos con nuestras espaldas doblándose
bajo sus eslabones incandescentes surcando el aire
ser humano descendido a esclavo
es riesgo hasta para la primera estirpe.

Surtur
traeremos el poder de la escarcha
marchitaremos ty frente ígnea
enterraremos ty orgullosa espada en el hielo
invocamos la mancha del barro en el sendero
no pudiste abrasar los brotes de hierba
ni la memoria de las flores en los hombres nobles

Surtur
avanza ahora entre las doradas tardes
agosta los destinos de los hombres mientras sea ty tiempo
porque hemos recordado qué nos esperaba al final del camino
se ha escrito esa memoria en nuestra húmeda arcilla
y ahora invocamos la runa de los primeros;
nunca de nuevo en las lunas rojas del verano
nuestra estirpe conocerá el abrazo del polvo,
el hundimiento lento de la carne que perece
en el lago de magma del olvido.

(Publicado originalmente en Rydwlf el 31 de Mayo de 2009).

lunes, 20 de junio de 2011

Despedida del Sol

"Date la vuelta, contempla
cómo decae mi caricia, el sostén
de todas las cosas, contempla
cómo se desvanece el calor, la vida
que mantengo en mi seno, contempla
cómo huye la luz y llega el invierno".

Me doy la vuelta.
Me dejas ciego por última vez.
Una despedida de todas las veces
Que me he despedido.

Tu brillo entre las ramas
Las runas imponiéndose
Y yéndose hacia el pasado
Hacia el futuro
El ojo entrecerrado
Piel fría
Pero siempre hacia delante

El deber de volverme y mirarte
Sol urge mirada dolorosa
Viento frío que todo lo invade
Sombra creciente
La triple ceguera
En mi ojo cerrado
La tierra perforada
El calor perdido
Grito del humus
El calor se desvanece
Sueño de gusanos y esporas
Runa inmóvil helada

Despedida del Sol


(Publicado originalmente en Rydwlf el 10 de Octubre de 2008).

sábado, 11 de junio de 2011

Mystikken om den passive Sol


Caminando por una ciudad,

Esta luz que no es nativa de ningún sitio.

Sin embargo, recuerdo este aire, este cemento. Hay una nota caligrafiada en papel cuadriculado, pegada cuidadosamente contra la valla de chapa. La letra es tan minuciosa que ni siquiera parece un anuncio.

He pasado junto a un local que puede bien llamarse hogar (sin duda lo es para algunos). Ese privilegio, poder llamarse hogar, se gana de una forma turbia e indeterminada. Nadie cuenta las horas que se van amontonando sobre los cartones, los viejos anuncios, los sobres de juguetes. Es la luz; la luz íntima que habla de un hogar. Los bajos vatios, el cable envuelto en plástico. De niño, todo cuadraba; es la luz que atrae con su calma, la sencillez, la solidez del refugio. La humildad se nos ha olvidado, y era el abrazo de todos los hombres lo que hacía que un niño pudiera dormir seguro.

La lluvia es una suerte de inmortalidad. Pisé tus calles en una fiesta animada, reunido el clan, y parecía que fue ayer cuando dejé tu hormigón. Como si diez años no hubieran pasado; todo era igual. Fue al alba cuando descubrí al niño de hace tantísimo. Hay esquinas que no cambian; me daría miedo amanecer en Roma, porque podría descubrirme mirando un patio que miró Catón en alguna noche amarga. La lluvia moja los muros y nos sumerge en un baile de anónimos, y nadie puede decir si es este siglo, si es el dentro de un milenio, si las voces que se oyen al pasar son las de hace décadas.

Luego la noche es echada a patadas por un sol tenue. Yo sólo pienso en la primavera; el sol vuelve a mi recuerdo, la noche helada y el mediodía del perfume de las flores extrañas que habitan entre los parques a la salida del Instituto. Coexiste día y noche en un extraño fenómeno de una latitud perdida. Recuerdo el camino de los Viernes, pero me doy la vuelta y me dirijo a casa. Vivimos y morimos en el tiempo que tarda en caer un pétalo de almendro. Todo sigue estando en orden.

(Publicado originalmente en Rydwlf el 5 de Marzo de 2009).

viernes, 10 de junio de 2011

Viento

Paseando por la ciudad, tras el almuerzo, surge un recuerdo de hace décadas. La ciudad y el sol son los mismos, los muros de piedra gris claro y el dorado tibio de la luz del día. El rumor sordo de los coches y el sonido de la actividad humana en la vorágine de la urbe crean un fondo sonoro que resulta agradable; será porque me habla de rutina y de estabilidad, o porque es el comienzo del hilo que lleva hacia el profundo recuerdo, el recuerdo de estos mismos paseos hace décadas. Ya puedo hablar de décadas de recuerdos. El tiempo es inmisericorde.

Mediodía soleado en los primeros meses del año. El viento está presente, aquí y en el recuerdo. Es uno de las fibras que componen su tejido, al igual que el hormigón y el sol. Recuerdos de niño. Papá, mamá, atrás, el carro, mis titubeantes pasos, el rugoso tacto de la piedra y el hormigón, la maravilla ¿por qué no cartografiamos los infinitos relieves de las paredes? Un muro de habitación supondría tal labor que llenaría la vida de un hombre. Somos inconscientes de los infinitos que creamos, al igual que los insectos y los pájaros.

Tomo conciencia de que he recordado ésto, y lo más sorprendente, me invade la seguridad de que lo volveré a recordar. Es como un déjà vu explicable y sensato. La suma de sensaciones está entrelazada como los aromas en un vino; volveré a reconocer este mismo tiempo, dentro de un año, o dentro de tres décadas. Se repetirá y yo lo reconoceré, y un día se repetiré y yo ya no estaré para reconocerlo. No importa; habrá otros niños tanteando las paredes y maravillándose de las minúsculas ciudades y escenarios de batallas que allí se desmoronan sin que nadie se acuerde de ellas, aunque en la escala de los siglos son iguales que Adrianápolis, Hastings, Waterloo.

Luego, acabada la jornada, siento el viento al salir de la estación. Esta vez es ya un viento nocturno. Está cargado de la humedad y el sabor de una tormenta lejana y fría, y hace pensar en el refugio. El refugio es sagrado, eso se entiende al sentir la lluvia y el viento y el cansancio. Me dirijo a casa. Siento el viento soplar, fuerte y me alegro de sentirlo; es un buen viento, uno que te hace sentir vivo, apretar el paso hacia el refugio. Cambia la música que oigo y casualmente suena Tears for an Eastern Girl, de Nature And Organisation, y los primeros acordes coinciden con el paso a través de los arriates de flores, el descanso de un establecimiento, árboles, una pérgola. Es trabajo que me hace pensar en elfos y en otros tiempos, y entre dos parpadeos he vislumbrado una visión tranquila que me hace feliz.

Una fuente cantarina se une a la canción. Me doy cuenta de que comienza la primavera. Justo cuando el viento acerca las primeras gotas de una lluvia fina, paso al lado de una pareja que sonríe mientras se besa.

(Publicado originalmente en Rydwlf el 7 de Marzo de 2008).