domingo, 31 de julio de 2011

Destructor de Imperios

Hace un par de noches soñé que caprichosamente destruía imperios.

Me recreaba en arrasar monumentos piramidales, altas torres que apuntaban al Sol.

Me parecía irrisoria la facilidad con que la arenisca se desprendía, la futilidad de los esfuerzos de futuros hombres de ciencia que intentarían reconstruir la historia de esos hombres. Aun así intuía que esos sabios lo conseguirían, que ni siquiera yo podía eliminar todos los vestigios.

Recuerdo que era un pequeño imperio cruel. Quise abrir agujeros en el techo de la caverna en que moraban y así lo hice. Temían la luz del día. Me ensañaba con ese suelo que perforaba a riesgo de hundirme con la tierra que caía.

Pero incluso yo sentía que mi poder menguaba, que había algo más fuerte que yo, que no tenía suficientes facultades para abandonarme a mi impulso destructor.

Hay un tiempo que atenaza al propio tiempo.

Ese es el consuelo del hombre, de ese imperio mínimo que es cada persona.