domingo, 31 de julio de 2011

Horizonte

Ayer por la tarde, cuando el crepúsculo huía hacia el anochecer, miraba hacia el horizonte apoyado en la baranda del balcón. A pesar de todos mis intentos de fijar las luces del ocaso a los tejados de la ciudad y el campanario de la iglesia, la noche caía. Sólo sobrevivía el reflejo en lo más alto de la Torre de un sol ya invisible. Otro día más.

Otro día más. Un día menos para el que espera algo. Otro día más en nuestras vidas. Momentos en los que la habitación que tienes a tus espaldas te parece vacía, demasiado vacía para el tiempo que llevas viviendo. Son recuerdos quizá de mudanzas pretéritas, de nuevas casas, de referencias perdidas. Otro día más. Otro día más en nuestras vidas. Momentos en los que el día que dejas atrás, aunque no haya sido un día de rosas y fuegos artificiales, ha sido un buen día, un día normal o lo que es lo mismo, un día especial. Otro día de lucha, de sonrisas apoyándose unas a otras, de una conversación telefónica con un amigo. Las pequeñas ramas entrelazadas que componen la vida. Héroes cotidianos.

Mientras miraba hacia el horizonte, a las últimas luces que acariciaban los lejanos campos (ahora sí, adios al día), con una cerveza en la mano acercándose peligrosamente al límite de lo templado, tras algo de trabajo físico, me asaltó una risa súbita, inesperada, y un pensamiento:

Independientemente de donde te encuentres, aunque no lo veas, hay un océano bajo cada horizonte.