martes, 21 de junio de 2011

Surtur


Un pensamiento errático.

Nieves evaporándose en niebla.
Victoria de las deidades de tierra y fuego.

Llama de fuego en la noche
el alma del hombre verdadero
extraviado
hablando lenguas
bajo una lluvia de neón
te he visto
y he pensado:
un hombre, no un engranaje,
puede que un truhán, no un engranaje.

Final de mayo,
el recuerdo de infiernos diluidos
la prsión térmica del deber en los huesos
en nuestros sesos se dibuja un árbol de lava
anticipación de un camino polvoriento;
el triunfo de los gigantes de fuego.
El quejido de la madera resquebrajada
la piedra recalentada
trabajamos con nuestras espaldas doblándose
bajo sus eslabones incandescentes surcando el aire
ser humano descendido a esclavo
es riesgo hasta para la primera estirpe.

Surtur
traeremos el poder de la escarcha
marchitaremos ty frente ígnea
enterraremos ty orgullosa espada en el hielo
invocamos la mancha del barro en el sendero
no pudiste abrasar los brotes de hierba
ni la memoria de las flores en los hombres nobles

Surtur
avanza ahora entre las doradas tardes
agosta los destinos de los hombres mientras sea ty tiempo
porque hemos recordado qué nos esperaba al final del camino
se ha escrito esa memoria en nuestra húmeda arcilla
y ahora invocamos la runa de los primeros;
nunca de nuevo en las lunas rojas del verano
nuestra estirpe conocerá el abrazo del polvo,
el hundimiento lento de la carne que perece
en el lago de magma del olvido.

(Publicado originalmente en Rydwlf el 31 de Mayo de 2009).

lunes, 20 de junio de 2011

Despedida del Sol

"Date la vuelta, contempla
cómo decae mi caricia, el sostén
de todas las cosas, contempla
cómo se desvanece el calor, la vida
que mantengo en mi seno, contempla
cómo huye la luz y llega el invierno".

Me doy la vuelta.
Me dejas ciego por última vez.
Una despedida de todas las veces
Que me he despedido.

Tu brillo entre las ramas
Las runas imponiéndose
Y yéndose hacia el pasado
Hacia el futuro
El ojo entrecerrado
Piel fría
Pero siempre hacia delante

El deber de volverme y mirarte
Sol urge mirada dolorosa
Viento frío que todo lo invade
Sombra creciente
La triple ceguera
En mi ojo cerrado
La tierra perforada
El calor perdido
Grito del humus
El calor se desvanece
Sueño de gusanos y esporas
Runa inmóvil helada

Despedida del Sol


(Publicado originalmente en Rydwlf el 10 de Octubre de 2008).

sábado, 11 de junio de 2011

Mystikken om den passive Sol


Caminando por una ciudad,

Esta luz que no es nativa de ningún sitio.

Sin embargo, recuerdo este aire, este cemento. Hay una nota caligrafiada en papel cuadriculado, pegada cuidadosamente contra la valla de chapa. La letra es tan minuciosa que ni siquiera parece un anuncio.

He pasado junto a un local que puede bien llamarse hogar (sin duda lo es para algunos). Ese privilegio, poder llamarse hogar, se gana de una forma turbia e indeterminada. Nadie cuenta las horas que se van amontonando sobre los cartones, los viejos anuncios, los sobres de juguetes. Es la luz; la luz íntima que habla de un hogar. Los bajos vatios, el cable envuelto en plástico. De niño, todo cuadraba; es la luz que atrae con su calma, la sencillez, la solidez del refugio. La humildad se nos ha olvidado, y era el abrazo de todos los hombres lo que hacía que un niño pudiera dormir seguro.

La lluvia es una suerte de inmortalidad. Pisé tus calles en una fiesta animada, reunido el clan, y parecía que fue ayer cuando dejé tu hormigón. Como si diez años no hubieran pasado; todo era igual. Fue al alba cuando descubrí al niño de hace tantísimo. Hay esquinas que no cambian; me daría miedo amanecer en Roma, porque podría descubrirme mirando un patio que miró Catón en alguna noche amarga. La lluvia moja los muros y nos sumerge en un baile de anónimos, y nadie puede decir si es este siglo, si es el dentro de un milenio, si las voces que se oyen al pasar son las de hace décadas.

Luego la noche es echada a patadas por un sol tenue. Yo sólo pienso en la primavera; el sol vuelve a mi recuerdo, la noche helada y el mediodía del perfume de las flores extrañas que habitan entre los parques a la salida del Instituto. Coexiste día y noche en un extraño fenómeno de una latitud perdida. Recuerdo el camino de los Viernes, pero me doy la vuelta y me dirijo a casa. Vivimos y morimos en el tiempo que tarda en caer un pétalo de almendro. Todo sigue estando en orden.

(Publicado originalmente en Rydwlf el 5 de Marzo de 2009).

viernes, 10 de junio de 2011

Viento

Paseando por la ciudad, tras el almuerzo, surge un recuerdo de hace décadas. La ciudad y el sol son los mismos, los muros de piedra gris claro y el dorado tibio de la luz del día. El rumor sordo de los coches y el sonido de la actividad humana en la vorágine de la urbe crean un fondo sonoro que resulta agradable; será porque me habla de rutina y de estabilidad, o porque es el comienzo del hilo que lleva hacia el profundo recuerdo, el recuerdo de estos mismos paseos hace décadas. Ya puedo hablar de décadas de recuerdos. El tiempo es inmisericorde.

Mediodía soleado en los primeros meses del año. El viento está presente, aquí y en el recuerdo. Es uno de las fibras que componen su tejido, al igual que el hormigón y el sol. Recuerdos de niño. Papá, mamá, atrás, el carro, mis titubeantes pasos, el rugoso tacto de la piedra y el hormigón, la maravilla ¿por qué no cartografiamos los infinitos relieves de las paredes? Un muro de habitación supondría tal labor que llenaría la vida de un hombre. Somos inconscientes de los infinitos que creamos, al igual que los insectos y los pájaros.

Tomo conciencia de que he recordado ésto, y lo más sorprendente, me invade la seguridad de que lo volveré a recordar. Es como un déjà vu explicable y sensato. La suma de sensaciones está entrelazada como los aromas en un vino; volveré a reconocer este mismo tiempo, dentro de un año, o dentro de tres décadas. Se repetirá y yo lo reconoceré, y un día se repetiré y yo ya no estaré para reconocerlo. No importa; habrá otros niños tanteando las paredes y maravillándose de las minúsculas ciudades y escenarios de batallas que allí se desmoronan sin que nadie se acuerde de ellas, aunque en la escala de los siglos son iguales que Adrianápolis, Hastings, Waterloo.

Luego, acabada la jornada, siento el viento al salir de la estación. Esta vez es ya un viento nocturno. Está cargado de la humedad y el sabor de una tormenta lejana y fría, y hace pensar en el refugio. El refugio es sagrado, eso se entiende al sentir la lluvia y el viento y el cansancio. Me dirijo a casa. Siento el viento soplar, fuerte y me alegro de sentirlo; es un buen viento, uno que te hace sentir vivo, apretar el paso hacia el refugio. Cambia la música que oigo y casualmente suena Tears for an Eastern Girl, de Nature And Organisation, y los primeros acordes coinciden con el paso a través de los arriates de flores, el descanso de un establecimiento, árboles, una pérgola. Es trabajo que me hace pensar en elfos y en otros tiempos, y entre dos parpadeos he vislumbrado una visión tranquila que me hace feliz.

Una fuente cantarina se une a la canción. Me doy cuenta de que comienza la primavera. Justo cuando el viento acerca las primeras gotas de una lluvia fina, paso al lado de una pareja que sonríe mientras se besa.

(Publicado originalmente en Rydwlf el 7 de Marzo de 2008).