lunes, 6 de febrero de 2017

On Alien Ground



On Alien Ground,
Give Us Strength
On Yonder Ground, Against Alien Winds,
Our Armours
Polished by Loving Hands.
Proud Once
Now Sore and Wasted
But
Still an Armour,
Thine Perdition.
Still a Scale on It,
Untouched by Your Waste.

It's an Alien Ground, But the Sun is One and the Same.

Spread The Light that Lits the Sword
Raise the Sword Held by This Arm.

Only
A Tiny Scale Undefiled
Is All that Takes
For the Sun to Bright on Steel
And Blind Thee Hosts of Sin.

For All Battles Lost,
There Will Be a Won War.

viernes, 3 de febrero de 2017

Through Night and Black Forests

To Thee Daughters of Mine, My Beloved One,

You should never forget who you are.

Look back to the Glorified Image,
There's no Shame on That, but in Self (Indulging) Oblivion.

The Symbol you Chose.
The Wife and Mother.
The Defending Sword Who Tried to Remain Sharp.
Ultimately, your Image in your First Fountain.

Never Forget Who You Are,
Who You Dreamt You Would Be,
Even Through Black Night and Rainy Forest,
Through the Fogs of Time, Loss, Fatigue and Temptation.

Remember the Path, Remember the Light.
A Hundred Times the Memory of Light has been all that was Needed
To Succeed in the Strife.

You Will Remain.
I am With You.
And With Us,
The Memory of Them Before Us,
The Strenght of Our Vow.
We Will Remain.

lunes, 6 de enero de 2014

Luces en la fría noche

Una mañana más, solo que no es una mañana más. Una mañana de lunes, pero no una cualquiera. Una mañana fría (hace mejor tiempo en Trondheim, lo acabo de comprobar), pero no tan fría como podría ser.
 
Es la mañana en la que multitud de corazones se despiertan y recuerdan que debían esperar un poco de magia.
 
Para mi quizá el regalo es precisamente lo que pedí anoche (una de las cosas que pedí): levantarme pronto; aunque haya sido más debido a los ruidos del vecino que a mi despertador, programado para las 8:45. Pero gracias a los insomnios de la noche y gracias a ese despertar temprano,
 
he podido contemplar sin prisas el rosa desvaido, blanco níveo, azul celeste de las primeras horas tras el alba,
 
he podido esperar unos segundos mientras el vapor del café llenaba la cocina,
 
he podido dar gracias por el día, por tener unas paredes y un techo, una nevera más o menos llena, una mujer y una hija durmiendo tranquilas (a pesar de los dientes) en una cama abrigada,
 
he podido saborear el encender el interruptor, esperar a que la red subiera, conectar un ordenador prestado y estar escribiendo estas palabras
 
La verdad es que no esperaba más.
 
Anoche, antes de dormir, no pude evitar quedarme un rato a oscuras en el sofá, recordando pasadas noches de 5 de Enero, sintiendo las mareas de ilusión y magia, soñando. Las luces de colores (azul y verde, rojo y amarillo) se apagaban lentamente como en una pequeña aurora de invierno. Me asomé a la ventana, y cierta ansiedad se calmó al comprobar que tras otra ventana, tras el vaho y las cortinas, otras luces de colores brillaban, menguando y aumentando, quizá en un pequeño árbol de Navidad. Mi esposa y yo habíamos estado hablando sobre lo injusto que sería que un niño mirase desde su ventana y no viese ninguna luz de Navidad brillando en las casas.
 
Aunque suene increíble, mantengo que sentada en un banco, oscurecida tras las ramas de un árbol, vi la silueta regia de una figura con capa y adorno en la cabeza. Quizá sea el derecho de estos tiempos que mi palabra sea puesta en duda, pero creo que su recuerdo permanecerá conmigo años, y eso es lo que cuenta.
 
Esta entrada está dedicada a todos los que sueñan de una forma u otra, y en especial a todos los que durante estas fiestas han tenido, siquiera un ratito, sus luces de colores encendidas, a pesar de las ominosas caras de los presentadores de televisión y las luchas codiciosas de esos titanes ciegos, mezquinos y lejanos que nos gobiernan.

lunes, 20 de mayo de 2013

Slidderyford


Dolmen de Slidderyford, en Dundrum (Irlanda del Norte); siguiendo el uso inglés, a menudo llamado crómlech.

Los ortostatos (piedras verticales que actúan como columnas) tienen una altura de 1'30 metros aproximadamente. La losa horizontal tiene una altura de unos 2 metros.

También conocido como Dolmen de Wateresk.

Los campos siguen cultivándose en torno a estas piedras. Los pájaros siguen posándose en su superficie.

Sigue el viento desgastando, persistente, sus arenas, minerales que pasan a formar parte del suelo, del grano, de los pájaros, del viento.

Sigue el Sol y la Luna en círculos danzantes, periódicos, elevándose vertiginósamente sobre él, cada día, cada noche. Para estas piedras, el Sol y la Luna son veloces meteoros que suben y bajan en un instante, incansables, persiguiéndose, coincidiendo, revoloteando en un cortejo que no entiende después de tanto tiempo, pero que le agrada, no muy distintos de los pájaros o del viento.

Apenas recuerda a la criatura que en torno a él remolineaban, temían, se alegraban. Aún pasan cerca de él, cosechan, maldicen la tierra seca, se regocijan en la lluvia, se pierden en mil asuntos vanos, luchan, sufren, sienten, pelean, en torno remolinean, temen, se alegran, nacen, mueren.

Slidderyford se pregunta a veces si todo esto no se tratará de un juego, de un combate. No imagina que probablemente sea él el primero que vuelva a dormir, a visitar el sueño, a ser olvidado. Tiene memorias de magma y noches perpétuas; a veces intuye el mar, no tan lejano, y se pregunta si, liberado algún día de su labor como torre celeste y pregón de estaciones, estará en él su último destino.

domingo, 31 de julio de 2011

Destructor de Imperios

Hace un par de noches soñé que caprichosamente destruía imperios.

Me recreaba en arrasar monumentos piramidales, altas torres que apuntaban al Sol.

Me parecía irrisoria la facilidad con que la arenisca se desprendía, la futilidad de los esfuerzos de futuros hombres de ciencia que intentarían reconstruir la historia de esos hombres. Aun así intuía que esos sabios lo conseguirían, que ni siquiera yo podía eliminar todos los vestigios.

Recuerdo que era un pequeño imperio cruel. Quise abrir agujeros en el techo de la caverna en que moraban y así lo hice. Temían la luz del día. Me ensañaba con ese suelo que perforaba a riesgo de hundirme con la tierra que caía.

Pero incluso yo sentía que mi poder menguaba, que había algo más fuerte que yo, que no tenía suficientes facultades para abandonarme a mi impulso destructor.

Hay un tiempo que atenaza al propio tiempo.

Ese es el consuelo del hombre, de ese imperio mínimo que es cada persona.